Opinión: Un bosque animado

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A nova musical máis actual e mesmo 'Ma non troppo'
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10 May 2026

Por Julia Mª Dopico Vale e Piñeiro

“San Salvador de Cecebre es una parroquia de Galicia, rugosa, frondosa y amena. Cuando un hombre consigue llevar a la fraga un alma atenta se entera de muchas historias… Entonces se comprende que existe otra alma allí, infinitas almas”.

Así describe Wenceslao Fernández Flórez las Fragas do Eume, las que inspiran su obra El bosque animado. Un autor coruñés considerado una de las grandes figuras de las letras españolas del siglo XX, fallecido en Madrid el 29 de abril de 1964, y a quien se recordó recientemente en su residencia de verano, Villa Florentina, con la lectura de fragmentos de Las siete columnas, galardonada con el Premio Nacional de Literatura en 1926. En ella plantea, desde la ironía, que los siete pecados capitales —lujuria, pereza, gula, ira, envidia, avaricia y soberbia— son precisamente el motor de la actividad humana.

Pero estas líneas nacen hoy de las 16 “estancias” de El bosque animado, donde el narrador omnisciente entrelaza relatos otorgando alma y pensamiento a plantas y animales. A través de personajes inolvidables como el Bandido Fendetestas, Fiz de Cotovelo, Hermelinda, Marica da Fame, la Moucha y aquel libro de San Cipriano, el Loco de Vos, los señores D’Abondo, Pilara o Geraldo, retrata vidas que un día habitaron las fragas y que podrían ser otras tantas, igual de intensas y extensas, porque en realidad lo son.

Porque al final, en todas las fragas, montañas, puertos, comunidades de vecinos, barrios, ciudades, países, continentes o incluso en las familias y en cada persona, se esconden bosques animados o desanimados —según el momento— y, entre ambos extremos, toda la gama de colores que caben en la paleta de un pintor.

La historia fue llevada al cine en 1987 por José Luis Cuerda, con música de José Nieto, especialista en bandas sonoras, como también lo fue mi maestro de composición musical, el inolvidable Antón García Abril, considerado uno de los grandes compositores contemporáneos. La película obtuvo el Premio Goya al Mejor Actor concedido por la Academia.

Wenceslao escribió en castellano —¡ay, castellanos de Castilla!— y eu ben sei que aquí temos Castros, aparte de Fidel e a súa familia. En fin… Cousas, que diría Castelao. O libro negro da lingua galega, Cantares Gallegos, A Esmorga, Alfonso X “El Sabio”, la ley de “Doma y Castración del Reino de Galicia” con Isabel y Fernando —“tanto monta, monta tanto”—, los Séculos Escuros y el posterior Rexurdimento, o incluso aquel sueño llamado Esperanto —el esperanzado—.

Tan esperanzado como aquel poeta que decía:

“Sensibles a todo viento y bajo todos los cielos, poetas, nunca cantemos la vida de un mismo pueblo ni la flor de un solo huerto. Que sean todos los pueblos y todos los huertos nuestros”.

Y también como escribió Wenceslao Fernández Flórez: “vino la Muerte y pasó su esponja por la extensión de la fraga y desaparecieron estos seres y las historias de estos seres, con sus luchas y sus amores, con sus tristezas y alegrías, que cada cual cree inéditas y creadas para él, pero que son siempre las mismas. Porque la vida nació de un solo grito… y cada vez que se repite no es una voz la que se ordena, sino el eco que va y vuelve desde el infinito al infinito”.

Y así es como lo siento hoy yo; contra todo pronóstico y “emboscadamente” —en mi bosque—.

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