Por Rebeca Maseda

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Un rincón de reflexiones sobre el infinito universo de la cultura
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6 May 2026

Por Rebeca Maseda

La semana pasada estuve de viaje por Italia y Suiza, concretamente por la región del Piamonte, donde se encuentra la ciudad de Turín, y también por Lugano, que pertenece al cantón del Ticino. Ambas zonas son enclaves muy hermosos, literalmente parecen sacados de un cuento: belleza natural, historia, gastronomía, etc. Es difícil escoger un lugar concreto sobre el que hablar, pero ya que soy una cinéfila empedernida, me gustaría contaros algunas cosas sobre el “Museo Nazionale del Cinema” en Turín.

Entrar en este museo no es simplemente visitar una colección de objetos relacionados con el cine: es, más bien, dejarse absorber por una experiencia sensorial y emocional que juega con el espectador, como si fuese una película en la que también participas. La historia del museo se remonta a la figura de María Adriana Prolo, una apasionada del séptimo arte que comenzó a reunir materiales y documentos cinematográficos ya en los años 40. Su empeño —bendito sea— acabó cristalizando en la creación de una institución que hoy es una de las más importantes del mundo en su ámbito.

El museo no siempre estuvo donde se encuentra ahora. Durante décadas fue creciendo, cambiando de sede y ganando prestigio hasta encontrar su hogar definitivo en uno de los edificios más emblemáticos de Italia: la Mole Antonelliana. Y aquí es donde la cosa se vuelve realmente fascinante. La Mole no fue concebida inicialmente como museo, ni siquiera como espacio cultural, sino como sinagoga en el siglo XIX, diseñada por el arquitecto Alessandro Antonelli. Sin embargo, problemas económicos y cambios históricos hicieron que el proyecto derivase en algo bien distinto. Hoy, esta torre altísima y algo caprichosa domina el cielo de Turín como una aguja que quiere atravesar las nubes.

El interior de la Mole es, si cabe, aún más impresionante. El museo aprovecha la verticalidad del edificio de un modo inteligente y casi teatral. En el centro, un espacio abierto y monumental con butacas donde puedes tumbarte a mirar fragmentos de películas proyectados en las paredes. Sí, tumbarte. Porque aquí el visitante no es un espectador pasivo: es parte del espectáculo. Alrededor de este espacio central, una especie de recorrido en espiral te lleva por distintas secciones que exploran la historia del cine desde sus inicios hasta la actualidad.

Entre las exposiciones más interesantes están las dedicadas a los géneros cinematográficos: el terror, la ciencia ficción, el western… Cada una recrea ambientes específicos con escenografías, juegos de luces y objetos icónicos. En un momento estás en una especie de cueva gótica con vampiros acechando y, al siguiente, caminas entre naves espaciales y robots. También hay espacio para los grandes nombres del cine, con homenajes a directores, actores y actrices que marcaron época.

Otro de los puntos fuertes del museo es su colección de aparatos precinematográficos: linternas mágicas, cámaras primitivas, dispositivos ópticos que parecen salidos de un laboratorio “steampunk”. Es un recordatorio hermoso de que el cine no surgió de la nada, sino que es el resultado de siglos de experimentación con la luz, el movimiento y la imagen.

Pero más allá del contenido, hay algo que hace especial a este museo: su encaje en la ciudad. Turín fue una de las capitales del cine italiano en sus inicios, antes de que Roma le arrebatase ese protagonismo. A comienzos del siglo XX, la ciudad estaba llena de estudios de rodaje y productoras, y aquí se realizaron algunas de las primeras películas del país. El museo no solo recupera esa memoria, sino que la celebra y la proyecta hacia el futuro.

Hoy en día, contar con un espacio como el Museo Nazionale del Cinema supone para Turín mucho más que un atractivo turístico. Es un símbolo de identidad cultural, un puente entre pasado y presente, y una prueba de que el cine sigue siendo un lenguaje vivo, capaz de reinventarse constantemente. En una ciudad ya de por sí elegante y llena de historia, este museo añade una capa más de magia, como si cada calle pudiera esconder una escena por descubrir.

Salí de allí con la sensación de haber viajado no solo por Italia, sino también por dentro de las películas que tanto me gustan. Y eso, al final, es lo mejor que se puede decir de un museo.

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