Las Chocolateiras de Burela: la dulce sonrisa y el corazón de las fiestas

Por Ana Somoza.
El aroma a cacao caliente forma ya parte de la memoria emocional de Burela. Cada año, en determinadas celebraciones populares, la gente espera con paciencia el momento de recibir un vaso de chocolate caliente mientras conversa, ríe o simplemente observa el movimiento de la fiesta.
Las conocidas como Las Chocolateiras de Burela no son una asociación formal ni un colectivo estructurado bajo una normativa oficial. Son, sobre todo, un grupo de amigas que decidieron convertir un pequeño gesto gastronómico en un símbolo social. Moncha, Fina, Loli, Maruja y Xefa repiten una idea que se ha convertido casi en un lema interior: “Hacemos chocolate porque nos gusta ver a la gente feliz”.
La historia comenzó hace alrededor de veinte años, cuando la organización de una fiesta de Carnaval necesitó colaboración para preparar chocolate para el vecindario. Antes, recuerdan, el chocolate era suministrado por los bares del pueblo, pero la experiencia no siempre era positiva porque el proceso de calentado podía alterar el producto.
“Empezamos casi sin pensarlo”, relata Moncha con voz tranquila, “primero llevando fogones, después ollas grandes y organizándonos entre nosotras”. Desde la Sociedade Cultural Ledicia de Burela se les facilitaba el material necesario para trabajar.
Aquel inicio espontáneo fue ganando estabilidad con el tiempo. Ninguna de ellas imaginaba que acabarían convirtiéndose en un elemento reconocible de las fiestas locales. “Nunca pensamos que la gente nos iba a esperar para tomar el chocolate”, comenta Fina. “Pero ahora ya es algo que forma parte de la celebración”.

MEMORIA Y AFECTO. El trabajo de las chocolateiras está profundamente ligado a la idea de comunidad. Maruja explica que su motivación no es económica ni profesional. “No lo hacemos por obligación. Lo hacemos porque nos gusta estar juntas y porque sentimos que estamos dando algo a nuestro pueblo”.
Loli añade que lo más bonito no es el proceso culinario, sino la reacción de las personas. “Cuando ves a un niño cogiendo su vaso de chocolate y sonriendo, sabes que todo el esfuerzo merece la pena”.
Las cinco coinciden en que su labor es una forma de cuidar la memoria colectiva de la localidad. Muchos vecinos reconocen su trabajo y aportan palabras de agradecimiento durante las fiestas. “Hay gente que nos dice: ‘El chocolate de vosotras sabe a fiesta’”, recuerda Xefa con una sonrisa.
TRABAJO EN SILENCIO, HUMOR EN COMPAÑÍA. La organización interna del grupo es casi artesanal. Cada una sabe qué función debe cumplir durante la preparación. “Unas despachan y otras van haciendo. Tenemos una cadena bien definida y organizada”, explica Loli.
La elaboración del chocolate requiere paciencia y control de la temperatura. Fina insiste en que el secreto no se puede contar. “Hay que remover mucho para que no se pegue y para que no haga bolas o grumos. Pero el truco… ese no lo vamos a decir”. Entre risas, Xefa admite que el misterio también forma parte de la tradición. “Si contamos todo, pierde la magia”.
Maruja calcula que, dependiendo de la celebración, pueden preparar alrededor de 250 litros de chocolate. En las fiestas más multitudinarias, como Reyes o Carnaval, la demanda aumenta porque acuden visitantes de toda la comarca.
Recuerdan especialmente el día de Reyes de 2026, cuando elaboraron 256 litros repartidos en nueve ollas. “Fue un día muy frío y la gente agradecía mucho el chocolate caliente”, comenta Maruja.
EL CHOCOLATE COMO CULTURA. El proceso comienza calentando leche y añadiendo cacao en polvo de forma progresiva. Las chocolateiras no quieren revelar todos los detalles técnicos. “No es solo poner la leche y el cacao y ya está”, dice Loli. “Tenemos las medidas, el orden y la forma de hacerlo”.
Xefa añade que la textura es fundamental. “Hay que vigilar para que quede espectacular”. La preparación requiere atención constante para evitar que el chocolate se estropee. El grupo ha aprendido con el tiempo que la velocidad no es amiga de la calidad. “Hacer chocolate para casa es fácil”, explican, “pero hacer chocolate para un pueblo entero es otra cosa”.
FIESTA Y COMUNIDAD. En las celebraciones populares colaboran entidades como ACIA Burela y el propio Ayuntamiento, que aportan roscones, vasos y otros elementos para facilitar el servicio.
El objetivo es ofrecer una experiencia festiva completa. “Trabajamos mucho, pero también nos reímos mucho”, comenta Maruja. “Son momentos muy bonitos. La cuestión es pasarlo bien”.
El trabajo no se vive como una responsabilidad pesada, sino como una forma de convivencia social. Moncha insiste en un detalle que considera importante: “Hay que mencionar a Sandra y Liana, las hijas de Maruja y Loli, porque llevan nuestras redes sociales”. La presencia digital permite que el grupo mantenga contacto con un público más joven.
AMISTAD COMO MOTOR. La esencia de las chocolateiras no está solo en el chocolate, sino en la amistad que se ha consolidado a lo largo de los años. “No somos una asociación formal, pero formamos una piña”, explican.
Entre ellas existen planes de futuro que incluyen viajes, comidas en común y visitas a diferentes lugares de la comarca. “La idea es seguir juntas mientras podamos”, dice Xefa. El vínculo emocional es tan fuerte que el trabajo voluntario se ha convertido en un espacio de apoyo mutuo. “Somos muy buenas amigas”, repiten las cinco con naturalidad.

SENTIMIENTO DE PERTENENCIA. El vecindario de Burela percibe la labor de las chocolateiras como parte de la identidad local. Su trabajo representa la continuidad de las tradiciones populares y el valor de la colaboración comunitaria.
Moncha resume el espíritu del grupo con una frase sencilla: “Nosotras no hacemos solo chocolate, hacemos fiesta”. Fina añade otra reflexión más íntima: “Lo más bonito es cuando alguien nos dice que el chocolate le recuerda a su infancia”. Porque detrás de cada vaso caliente hay historias de familias, de invierno, de música de fiesta y de conversaciones en la calle.
LO QUE REPRESENTAN. Las Chocolateiras no buscan reconocimientos oficiales ni protagonismo público. “No lo hacemos por fama”, afirma Loli. “Lo hacemos porque nos gusta ver a la gente feliz”.
Su trabajo es desinteresado, técnico y al mismo tiempo emocional. “Cuando termina la fiesta y vemos que todo ha salido bien, sentimos una tranquilidad muy especial”, dice Maruja. El grupo sabe que su labor es pequeña en apariencia, pero grande en su significado social.
Las Chocolateiras de Burela representan una forma de cultura popular donde la tradición se transmite a través de la práctica, de la amistad y del afecto colectivo.
Porque el chocolate caliente, en este caso, no es solo una bebida. Es un símbolo de comunidad, un recuerdo compartido y una forma de decir que la fiesta también se construye desde la cercanía humana. “Seguiremos mientras podamos”, concluye Moncha.
Y mientras la olla siga calentando lentamente la leche y el cacao, el pueblo seguirá esperando ese momento en el que un simple vaso de chocolate se transforma en un abrazo colectivo.