Escuchar Santiago

Por Rebeca Maseda
Esta semana escuché a mi buen amigo Fernando Buide tocar por primera vez el órgano de la Catedral de Santiago y fue una experiencia realmente emocionante. Obviamente, le tengo un enorme aprecio a Fer y, por eso, para mí fue un momento muy especial, pero es que, además, es un organista, músico y compositor extraordinario.

Hacía muchísimos años que no entraba en la Catedral y la verdad es que la experiencia me encantó, a pesar de la inmensa cantidad de turistas. ¡Qué locura! Sinceramente, no era consciente del volumen de personas que visitan cada día el templo compostelano, aunque tampoco me sorprende en absoluto. Una vez dentro, resulta inevitable levantar la vista. Por muchas fotografías que hayamos visto o por muchas veces que nos cuenten su historia, hay algo en la Catedral que solo se comprende estando allí. Y buena parte de esa sensación tiene que ver con el órgano. En realidad, la Catedral cuenta con dos grandes órganos barrocos gemelos, situados uno frente al otro, cuyas espectaculares cajas fueron diseñadas en el siglo XVIII por Fernando de Casas Novoa, el mismo arquitecto al que debemos la fachada del Obradoiro. A lo largo de los siglos han sido restaurados y adaptados a las necesidades de cada época, pero siguen conservando ese poder de llenar cada rincón del templo con un sonido que parece no terminar nunca. Escucharlos en directo es una de esas experiencias que ponen la piel de gallina, incluso para quien no sabe distinguir un coral de Bach de una muiñeira.
La verdad es que impresiona pensar en la cantidad de músicos que tocaron ese instrumento antes. Siglos de celebraciones, peregrinaciones, fiestas, momentos solemnes y también otros más cotidianos. La música forma parte de la identidad de la Catedral tanto como la propia piedra. Y, por eso, ver a Fer sentado ante ese teclado, en un lugar con tanta historia a sus espaldas, me hizo una ilusión especial. No era solo un concierto; era la sensación de asistir a un pequeño fragmento de historia que sigue escribiéndose.
Porque, si hablamos de la Catedral, estamos hablando de un edificio que lleva casi mil años creciendo, transformándose y adaptándose al paso del tiempo. La construcción del templo actual comenzó en el año 1075, durante el reinado de Alfonso VI, sobre otras iglesias anteriores levantadas para custodiar el sepulcro que la tradición atribuye al apóstol Santiago. El núcleo principal responde al estilo románico y aún hoy se aprecia perfectamente en la planta, las naves o el Pórtico de la Gloria, esa maravilla esculpida por el Maestro Mateo a finales del siglo XII.
Con el paso de los siglos se fueron añadiendo capillas, torres, claustros y nuevas fachadas. El resultado es una mezcla sorprendentemente armoniosa de románico, gótico, renacentista y barroco. De hecho, la imagen más conocida de la Catedral, la fachada del Obradoiro, es bastante "nueva" si la comparamos con el resto del edificio: se terminó en el siglo XVIII para proteger el antiguo pórtico románico de las inclemencias del tiempo y, de paso, ofrecer esa monumental carta de presentación que hoy todos identificamos con Santiago.
También hay pequeñas historias que siempre me han parecido curiosas. Por ejemplo, durante siglos los peregrinos tenían la costumbre de apoyar la mano en una columna del Pórtico de la Gloria al entrar en el templo. Ese gesto, repetido millones de veces, acabó desgastando la piedra hasta dejar marcada la forma de los dedos. Hoy ya no está permitido para garantizar la conservación de la obra, pero ese detalle da una buena idea de la cantidad de personas que pasaron por allí a lo largo de la historia. Otro de los grandes protagonistas es el famoso botafumeiro que, además de su simbolismo religioso, también cumplía una función bastante práctica en una época en la que miles de peregrinos llegaban al templo después de semanas de camino… y sin demasiadas oportunidades para ducharse, precisamente.
Ahora bien, salí de la Catedral con un sentimiento un poco contradictorio. Por un lado, me parece maravilloso que tanta gente quiera conocer un patrimonio que también forma parte de nuestra historia. Sería absurdo pretender que un lugar así permaneciera vacío. Pero, al mismo tiempo, me pregunto hasta qué punto es sostenible recibir cada vez más visitantes sin que la ciudad pierda parte de su esencia. Santiago siempre ha sido un lugar de encuentro, de intercambio y de hospitalidad; eso es, precisamente, lo que la hace especial. El reto está, probablemente, en encontrar un equilibrio para que quienes llegan puedan disfrutarla sin que quienes viven en ella tengan la sensación de dejar de reconocerla. Porque conservar el patrimonio no consiste solo en restaurar piedras; también implica cuidar la vida que sucede a su alrededor.