Dani Franco: La paciencia de un pequeño pescador que crece mirando al mar

Por Ana Somoza.
Hay aficiones que aparecen casi sin buscarlas y que, poco a poco, acaban ocupando un lugar importante en la vida. A Dani Franco Fernández, un niño de 11 años de Burela, le pasó con la pesca. La curiosidad inicial por probar qué se sentía con una caña entre las manos acabó convirtiéndose en una pasión que le lleva al puerto siempre que puede. Allí aprendió a observar el mar, a esperar y, sobre todo, a entender que no todos los días hay premio. "La pesca es una cosa de paciencia", resume con la naturalidad de quien, pese a su edad, ya sabe que a veces hay que esperar mucho para sentir finalmente que algo tira del otro extremo del sedal.
Este verano esa afición le dio también una alegría especial. Dani participó en el I Concurso de Pesca Juvenil organizado por la Asociación de Pesca Recreativa de Burela, en el que consiguió un premio. No fue, además, su único reconocimiento de este año. También resultó ganador del concurso de carteles de la Feira do Bonito de Burela junto con su tía y madrina, Maite Fernández, autora ganadora del cartel de esta y de anteriores ediciones. Pesca, bonito y Burela aparecen así inevitablemente unidos en la historia de un pequeño que tiene el mar muy presente, aunque asegura que su futuro profesional no estará necesariamente en él.
COMIENZOS.
La relación de Dani con la pesca nació de una pregunta sencilla. Siempre había sentido curiosidad y un día decidió proponerle a su padre que lo llevara al puerto. "Papá, ¿y si alguna vez me llevas al puerto a pescar?", le preguntó. A partir de ahí comenzó una afición que continúa creciendo.
Pero antes de su primera caña apareció una pequeña conexión con la historia familiar. En casa de su abuela había una gran caña de bambú que había pertenecido a su abuelo, que también había sido pescador aficionado. Verla despertó todavía más sus ganas. "Pues a mí me gustaría probar", pensó. Finalmente, padre e hijo fueron a comprar una caña y llegó la primera experiencia. "Probamos y empezó a gustarme. Y seguí con esa afición", recuerda.
Fue precisamente su padre quien le enseñó los primeros pasos, aunque el puerto acabó funcionando también como una pequeña escuela improvisada. Dani recuerda cómo otros pescadores se acercaban para darle consejos: "Oye, pequeño, pon este anzuelo de este tamaño" o "pon este plomo que pese tanto". Una recomendación aquí y otra allá le permitieron ir aprendiendo a preparar el aparejo y descubrir esos pequeños detalles que forman parte de la experiencia de pescar.
Preguntado por qué es lo que más le gusta, no necesita elaborar demasiado la respuesta. El mejor momento llega "cuando empieza a picar el pez". Y añade: "Es una sensación muy chula".
EL PUERTO.
Aunque existen muchas maneras y lugares para practicar la pesca, Dani tiene claras sus preferencias. Elige el agua salada y, sobre todo, su propio pueblo. "Me gusta más pescar en agua salada, sobre todo en Burela. En el puerto de Burela", explica.
Es allí donde va acumulando experiencias y donde consiguió algunas de las capturas que más recuerda, entre ellas unos "caballones bien grandes". Pero las jornadas de pesca no siempre terminan con un pez en la caña. Hay días en los que simplemente no pican y eso obliga a buscar alternativas.
Dani ya tiene su propio método para intentarlo. Cuando ve que no hay suerte, observa, da "tironcitos a la caña", modifica la cantidad de cebo o cambia de sitio. Lo importante es seguir probando.
Y entre tantas horas alrededor del mar también hay lugar para las anécdotas. Una de las que más recuerda tuvo como protagonista a su madre y a un calamar. Ella consiguió pescarlo y quiso enseñarle la captura, pero la escena no terminó exactamente como esperaba. "Acabó echándome tinta en una sudadera blanca", cuenta Dani. Uno de esos pequeños accidentes que, pasado el momento, acaba formando parte de las historias familiares que se recuerdan entre risas.

EL CONCURSO.
La afición dio un paso más durante el pasado mes de agosto, cuando Dani participó en el primer Concurso de Pesca Juvenil organizado por la Asociación de Pesca Recreativa de Burela. Era la primera vez que se enfrentaba a una experiencia de este tipo y la iniciativa partió, de nuevo, de su familia. Su madre le preguntó: "Dani, ¿quieres probar?". Él no lo dudó: "Yo dije que sí, probé y tuve suerte".
Dani asegura que no estaba nervioso. Al contrario, recuerda aquel día como una experiencia de la que disfrutó especialmente. "Estuve muy contento. Me gustó mucho y disfruté del momento", explica. Finalmente llegó el premio y con él una sensación que define en apenas dos palabras: "Mucha alegría". Nunca había participado en un concurso de estas características y regresar con un reconocimiento hizo que la experiencia fuese todavía más especial. En casa también celebraron el resultado. Sus abuelas y sus tíos fueron algunos de los primeros en felicitarlo. "Muy bien, Dani. Enhorabuena", recuerda que le decían.
Con todo, si detrás del resultado hay algún secreto especial, no parece dispuesto a revelarlo. Cuando se le pregunta si tiene algún truco de pescador que pueda compartir, la respuesta es contundente: "Prefiero guardarlos". A los 11 años ya ha aprendido, por lo visto, que hay cosas que un pescador no cuenta.
UN BONITO.
Si hay una captura con la que Dani sueña, esta tiene también una fuerte relación con Burela. No habla de un pez exótico ni de un destino lejano. Lo que le gustaría es subir a un barco y pescar un bonito grande de Burela.
"Me gustaría ir en un barco y pescar un bonito grande", explica. Un deseo que cobra un significado especial en un año en el que el bonito también le proporcionó otro reconocimiento, aunque esta vez lejos de la caña.
Dani ganó junto con su tía y madrina, Maite Fernández Cendoya, el concurso de carteles de la Feira do Bonito de Burela. Una colaboración familiar que volvió a unir su nombre al de una de las citas más representativas de la localidad. En el caso de Maite Fernández, la relación con la imagen de la Feira viene de atrás, ya que también fue la ganadora del cartel en anteriores ediciones.
La pesca, sin embargo, no ocupa todo el tiempo libre de Dani. Como cualquier niño de su edad, reparte las horas entre diferentes actividades. Le gusta "andar en bicicleta, ir a la playa, jugar al fútbol" y también, algunas veces, jugar a la consola.
PACIENCIA.
Lo que sí tiene decidido es que quiere conservar la pesca en su vida cuando sea adulto. Cuando se le pregunta si seguirá cogiendo la caña dentro de unos años no duda: "Sí, claro. Eso lo tengo bien claro".
Otra cosa diferente es convertir el mar en su profesión. Ahí aparecen más dudas. No se ve necesariamente dedicándose a un oficio relacionado con él y la profesión de marinero le impone cierto respeto. "Ser marinero es algo de adrenalina y parece peligroso", explica. Prefiere, al menos de momento, mantener la pesca como aquello que es ahora: una afición con la que disfrutar.
Quizás por eso, cuando tiene que convencer a otro niño de su edad para que pruebe, Dani no le promete capturas enormes ni éxitos inmediatos. Le habla de paciencia. Empezaría con un sencillo "Venga, anímate", pero le advertiría de que habrá momentos en los que los peces no piquen. "Cuando no pican hay que tener paciencia. La pesca es una cosa de paciencia", insiste. Para él, precisamente ahí está parte del secreto. Primero hay que comprender cómo funciona, aceptar la espera y aprender a disfrutar también de esos momentos en los que parece que no sucede nada.
Después, asegura, llega el resto. "Si comprendes cómo es la pesca, mola mucho". Y habla desde su propia experiencia porque sabe lo que ocurre cuando finalmente esa curiosidad inicial se transforma en una verdadera afición: "Cuando empiezas a pescar ya te entra la afición y quieres ir todos los días, como me pasa a mí".
Dani no necesita añadir mucho más. A los 11 años, entre el puerto de Burela, los consejos que ha ido recibiendo de otros pescadores y aquella vieja caña de bambú de su abuelo, ha ido construyendo una relación con el mar que continúa creciendo. Por el camino ya han llegado los concursos, los premios, alguna pieza grande e incluso una sudadera blanca manchada por la tinta de un calamar. Queda todavía el bonito. Ese tendrá que esperar a que llegue el día de subir a un barco, lanzar la caña y comprobar, una vez más, si la paciencia tiene recompensa.