Cuando todo encaja

AMariñaXa
Un rincón de reflexiones sobre el infinito universo de la cultura
Foto-Artigo-setembro'26-Rebeca
6 Sep 2026

Por Rebeca Maseda

El verano es para relajarse, descansar y hacer lo que te dé la gana, o por lo menos, yo procuro que así sea. Estar a remojo el máximo tiempo posible —preferentemente en el agua del mar—, conocer lugares nuevos con gente maravillosa, salir de fiesta con amigos y amigas, comer rico, rico y, por supuesto, escuchar buena música. Y si ya puedes juntarlo todo, ¡pues estupendo!

No quiero parecer repelente, pero lo cierto es que este verano ha sido de los mejores que recuerdo en años, rodeada de personas y lugares increíbles entre Galicia y Cataluña. Pues bien, siguiendo con mi mantra, hace unos días escuché un concierto de primer nivel, de esos que reúnen todos los ingredientes: un contexto de lujo, la "Schubertíada de Vilabertran", un festival de música clásica con un historial de éxitos y calidad artística que alcanza ya su 34.ª edición; un marco incomparable, la "Canónica de Santa Maria", un espacio único y lleno de encanto cuyas piedras escuchan cada año algunos de los "lieder" más hermosos de Schubert y compañía; artistas de reconocido prestigio que, además, eran buenos amigos y mejores personas; y, por último, un repertorio interesante, los sextetos de cuerda de Schulhoff y Tchaikovsky, dos obras de estilos muy contrastados y de una belleza sin igual. Y, por si esto fuera poco, tuve la oportunidad y el placer de reencontrarme con antiguos colegas y compartir una cena muy rica y agradable. Sí, sí, tal y como os lo cuento, más redondo imposible.

Y aquí es donde entra en escena la Canónica de Santa Maria de Vilabertran, porque hay lugares en los que la música parece tener otra manera de sonar. Fundada en el siglo XI, esta antigua comunidad de canónigos regulares conserva uno de los conjuntos románicos más interesantes de Cataluña, con una iglesia de planta de cruz latina, un claustro elegante y ese aire austero y sereno que tienen los edificios que llevan muchos siglos viendo pasar gente. Sus piedras, además, tienen oído: desde hace décadas acogen la Schubertíada, convirtiendo este rincón del Alt Empordà en una auténtica casa de peregrinación para los amantes del lied y de la música de cámara.

El concierto de esta ocasión se alejaba del universo vocal de Schubert para situar en el centro dos sextetos para cuerda separados por varias décadas y por todo un mundo estético. Primero, el de Erwin Schulhoff, compositor checo de origen judío, inclasificable y fascinante, capaz de mezclar tradición, modernidad, jazz y vanguardia con una naturalidad asombrosa. Su música tiene algo de irreverente, pero también una enorme capacidad para crear atmósferas y contrastes. Escuchada en un espacio románico como el de Vilabertran, la combinación resultaba especialmente sugerente: siglos de historia dialogando con una partitura que parece estar siempre buscando nuevos caminos.

Y después llegó Tchaikovsky, con su Souvenir de Florence, una de esas obras que explican perfectamente por qué la música romántica sigue teniendo esa capacidad de emocionarnos sin pedir permiso. La pieza nace de la fascinación del compositor por Florencia y combina la exuberancia melódica que tanto lo caracteriza con una escritura de cámara exigente y llena de energía. Hay momentos de intimidad, otros de puro virtuosismo y, sobre todo, una sensación de amplitud que hace olvidar por momentos que solo hay seis instrumentos sobre el escenario.

Y fue precisamente eso lo que más me gustó de la noche: la capacidad de la música para transformar un espacio y, al mismo tiempo, dejar que el espacio forme parte de la música. Schulhoff y Tchaikovsky, tan diferentes entre sí, sonando entre piedras centenarias; músicos entregados a lo que estaban haciendo; el público en silencio, atento; y fuera, el verano empujando suavemente contra las puertas de la Canónica.

Al final, supongo que de eso va también el verano: de acumular pequeños momentos que, cuando los juntas, acaban formando algo grande. Un concierto maravilloso, una conversación recuperada después de tiempo, una cena sin prisas, una noche hermosa en un lugar especial. No se puede pedir más.

0.15344500541687