Cuando la belleza también habla de la guerra

AMariñaXa
Un rincón de reflexiones sobre el infinito universo de la cultura
Rebeca-Artigo-outubro'26
11 Oct 2026

Por Rebeca Maseda

Hay noches en las que una va a la ópera y sale pensando que, al menos durante unas horas, el mundo todavía tiene remedio. El pasado 25 de septiembre tuve la suerte de asistir al estreno de Aida de Giuseppe Verdi en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona y, sin ánimo de ponerme demasiado melodramática —que para eso ya está Verdi—, debo decir que fue una de esas noches difíciles de olvidar.

Aida es una de esas óperas que todo el mundo conoce, aunque a veces solo sea de haber escuchado alguna vez las famosas trompetas de la Marcha triunfal. Pero detrás de esa música tan espectacular hay una historia bastante menos triunfal. Aida es una princesa etíope capturada por los egipcios y convertida en esclava. Su padre, Amonasro, es el rey de Etiopía; Radamés, el general egipcio del que Aida está enamorada, debe combatir contra su propio país. Y, por si el asunto no fuese ya suficientemente complicado, aparece Amneris, princesa de Egipto, también enamorada de Radamés. Amor, guerra, poder, religión, patriotismo, esclavitud, celos... En fin, que Verdi no se andaba con pequeñas historias domésticas.

La acción se sitúa en un Egipto antiguo idealizado, en un momento de conflicto entre Egipto y Etiopía. La obra fue compuesta por encargo para la inauguración del teatro de ópera de El Cairo y se estrenó allí en 1871, en un contexto en el que Egipto estaba intentando proyectarse como una potencia moderna y cosmopolita. Y aquí aparece una de esas curiosidades de la historia que me fascinan: una ópera ambientada en la Antigüedad, escrita por un italiano del siglo XIX y encargada desde Egipto, que más de 150 años después sigue hablándonos de cosas que, por desgracia, no parecen tan antiguas. Porque Aida habla, sobre todo, de personas atrapadas en conflictos que les quedan demasiado grandes. Aida no elige ser prisionera, Radamés no puede separar el amor de su deber militar y Amneris vive también atrapada en un mundo en el que el poder, la posición social y las convenciones pesan más que los sentimientos. Al final, todos pierden.

La producción presentada en el Liceu, a cargo de la artista iraní Shirin Neshat, incidía precisamente en esa dimensión política y humana. Lejos de limitarse a reproducir un Egipto de cartón piedra, la propuesta convertía la obra en una reflexión sobre la guerra, el autoritarismo, el fanatismo y el conflicto entre el individuo y las estructuras de poder. Y claro, una no puede evitar pensar en el presente. Resulta curioso —y también bastante triste— que una historia escrita en el siglo XIX sobre una guerra acontecida en un Egipto imaginado nos siga resultando tan familiar. Seguimos hablando de fronteras, de territorios ocupados, de personas obligadas a abandonar su tierra, de religión utilizada como instrumento de poder y de gobiernos que deciden el destino de miles de seres humanos desde despachos muy alejados del campo de batalla.

Pero si hubo algo que me emocionó especialmente en aquella función fue el coro. ¡Qué maravilla! En esta ópera, el coro tiene esa capacidad tan especial para representar a la multitud, al pueblo, al ejército, a los sacerdotes, a la sociedad entera... Y cuando todas esas voces aparecen juntas, perfectamente empastadas, sucede algo difícil de explicar con palabras. Hubo instantes realmente emocionantes, casi místicos. Especialmente en esos momentos en los que la música parece quedar suspendida en el aire y una siente que, de repente, ya no está simplemente escuchando una ópera, está participando en una especie de ritual colectivo. Quizás sea esa una de las cosas que más me fascinan de la música: que puede conseguir que cientos de personas estén durante unos segundos respirando al mismo tiempo.

El reparto, por supuesto, estuvo a la altura de una inauguración de temporada de estas características. Anna Netrebko como Aida, Ekaterina Semenchuk como Amneris e Ivan Gyngazov como Radamés, acompañados por un elenco excepcional, dieron vida a unos personajes que, más allá de sus impresionantes voces, consiguieron transmitir toda la complejidad de este triángulo imposible.

Y salí del Liceu pensando que quizás ahí está el verdadero poder de la ópera. En principio, estamos sentadas en un teatro durante más de tres horas viendo una historia que sucedió en un lugar y en un tiempo muy alejados de nosotros. Sin embargo, cuando la música comienza, esas distancias desaparecen. La guerra deja de ser algo que sucedió hace miles de años, Aida deja de ser una princesa etíope y se convierte simplemente en una persona que quiere volver a su casa. Quizás por eso seguimos necesitando el arte. Porque mientras los titulares pasan, las guerras cambian de nombre y los poderosos continúan disputándose territorios, una melodía puede recordarnos algo tan sencillo como que detrás de cada bandera, de cada frontera y de cada estadística hay personas.

Y aquella noche, en el Liceu, durante unos instantes, el coro pareció recordarnos a todos que, por mucho que cambie el mundo, todavía somos capaces de emocionarnos juntos.

Y no es poca cosa.

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