La luz invisible de Bach

Por Rebeca Maseda
Ni una, ni dos… Tres veces he tenido la fortuna de poder escuchar en directo las Seis Suites para violonchelo solo de Bach interpretadas por el magnífico Jean-Guihen Queyras. Si la memoria no me falla, la primera de ellas fue en Santiago de Compostela, en el Salón Teatro para ser exactos; la segunda en el Palau de la Música de Barcelona; y el pasado 20 de enero, en el Espacio Turina de Sevilla. Diría que nadie del sector desconoce el valor de sus grabaciones de las Suites como una referencia de obligada escucha. Allá por el año 2007 las registró por primera vez para el sello discográfico Harmonia Mundi y, más recientemente, en 2023 —después de su experiencia junto a la coreógrafa Anne Teresa De Keersmaeker— volvió a grabar esta “biblia” del cello por segunda vez. Sobra decir que cualquiera de las dos versiones están más que recomendadísimas.
Si os digo la verdad, escucharlo fue casi una vivencia mística. No soy una persona religiosa —aunque sí respetuosa, por supuesto— y las sensaciones y pensamientos que se me pasaban por la cabeza, sentada tranquilamente en mi butaca mientras Queyras nos deleitaba con Bach, alcanzaron tal nivel de paz y serenidad que puedo llegar a entender a las personas creyentes. Bach es como un dios para mí, eso lo tengo claro desde hace muchos años, pero en este caso Queyras fue el mejor catalizador de su música, un intérprete comprometido con su arte y con la excelencia al más alto nivel.
Las Seis Suites para violonchelo solo de Johann Sebastian Bach nacen en un contexto muy concreto: el de la corte de Köthen, alrededor de 1720, en una Europa barroca donde la música instrumental comenzaba a emanciparse definitivamente de su función puramente acompañante. El violonchelo, hasta entonces relegado en buena medida al bajo continuo, se alzaba aquí como voz única, desnuda, sin artificios ni apoyo armónico externo. Y en esa desnudez reside, paradójicamente, su grandeza.
Cada suite se estructura como una sucesión de danzas estilizadas: allemande, courante, sarabande, gigue, a las que se añaden danzas intermedias —minuetos, bourrées o gavotas— según el caso. Son danzas, sí, pero danzas sublimadas. Pueden acompañar el movimiento del cuerpo, pero también evocarlo desde la introspección.
Escuchando estas suites no puedo evitar pensar en algunas pinturas de Johannes Vermeer. En esos interiores silenciosos, donde la luz entra oblicua por una ventana invisible y acaricia los objetos más cotidianos, hay una misma búsqueda de equilibrio y claridad. Del mismo modo que Vermeer construye la escena a través del delicado juego entre luz y sombra, Bach edifica la arquitectura sonora a partir de una sola línea melódica que sugiere, con maestría inaudita, una polifonía implícita. Nada sobra. Nada falta. Cada nota es necesaria, como cada pincelada en el lienzo.
El Barroco fue, entre otras cosas, el arte del contraste y la expresividad. Pero en Bach ese contraste no es exceso, sino orden; no es teatralidad vacía, sino profundidad espiritual. Hay en él una racionalidad matemática que convive con una emoción directa y humana. Cuando el preludio de la Primera Suite comienza a desplegar sus arpegios, siento una especie de apertura, como si alguien abriera las ventanas de una habitación oscura. Y cuando la sarabande de la Quinta Suite se expande en el registro grave del instrumento, la sensación es casi de suspensión: el mundo se detiene, se respira de otro modo.
Quizá por eso la experiencia en directo resulta tan transformadora. El sonido del cello, tan cercano a la voz humana, envuelve el espacio y atraviesa el cuerpo. No es una música que se limite a ser escuchada: es una música que se siente físicamente, que vibra en la caja torácica y en los pensamientos. En esos instantes, en el silencio absoluto de una sala atenta, se comprende que el arte puede ser también un acto de comunión laica, un encuentro íntimo con lo esencial.
Las Suites no son solo una cumbre técnica del repertorio; son una meditación sobre el tiempo, el movimiento y la emoción. E intérpretes como Queyras, con su honestidad y profundidad, las convierten en una experiencia que va más allá de lo estético. Una experiencia que, sin necesidad de dogmas ni liturgias, roza lo sagrado. AMÉN.