Estibadoras de Burela: La voz de un oficio invisible que sostiene la lonja

Por Ana Somoza.
La historia de la cooperativa de estibadoras de Burela O Cantiño es también la historia de una parte silenciosa del sector pesquero, un trabajo esencial que durante décadas permaneció prácticamente invisible. Al frente de esta cooperativa integrada exclusivamente por mujeres se encuentra Begoña Pernas Pernas, que lleva nueve años desempeñando una labor que, según ella misma explica, “no se ve, pero se nota mucho cuando no está bien hecho”.
Begoña llegó a la cooperativa siguiendo un camino marcado por la tradición familiar y también por los acuerdos internos que durante años permitieron mantener vivo el oficio. “Empecé al retirarse una tía que llevaba trabajando 21 años. Tenían el acuerdo de que cuando se retiraba una, tenía preferencia un familiar”, recuerda. Aquel fue su punto de entrada a un mundo que conocía bien desde pequeña, porque, como ella misma resume, “vengo de una familia marinera de toda la vida”.
En su casa, el mar nunca fue algo ajeno. La madre fue redera, el padre patrón de pesca y los abuelos también estuvieron ligados al sector. “Crecí escuchando hablar del mar, de los barcos y de las mareas”, cuenta, dejando claro que su trabajo actual no es una casualidad, sino la continuidad de un vínculo generacional con un sector que marcó la identidad de Burela durante décadas.
ORÍGENES. La cooperativa de estibadoras de Burela nació en el año 1988, en un contexto social y laboral muy distinto al actual. En aquel momento, las mujeres tenían una presencia constante en el ámbito marinero, pero muchas veces como apoyo informal, sin reconocimiento ni derechos. “Las mujeres eran un complemento para la casa”, recuerda Begoña, explicando que ayudaban en lo que podían, pero sin seguro ni cotización.
Fue precisamente esa situación la que llevó a un grupo de mujeres a organizarse. “Hace 37 años pelearon por cotizar para tener una jubilación sin depender de la pensión de los hombres”, señala. La creación de la cooperativa supuso un paso decisivo para dignificar un trabajo que ya se realizaba, pero que no estaba reconocido como tal. “Entonces la mayoría del pueblo vivía del mar y las mujeres estaban con las tareas de la casa, pero también trabajaban”, añade.
Las primeras integrantes de la cooperativa ya están hoy jubiladas, pero dejaron un legado que continúa vivo. “Gracias a ellas estamos aquí”, reconoce Begoña, que considera que aquella decisión fue “valiente y muy necesaria”, especialmente en un tiempo en el que no era habitual que las mujeres se organizasen para reclamar derechos laborales.

MADRUGADA. El trabajo de las estibadoras comienza cuando buena parte de la villa aún duerme. Las jornadas arrancan de noche o de madrugada, con un horario que varía según la actividad de los barcos y las mareas. “Nuestra función es clasificar el pescado que traen los pincheiros volanteiros y un arrastrero de altura que tenemos”, explica la presidenta de la cooperativa.
No hay una hora fija de entrada. “Varían las horas según la cantidad de barcos que haya y según la marea”, detalla. Cada mañana, es Absa quien llama a las estibadoras para indicarles cuándo deben estar en la lonja. “Nos llaman todos los días por la mañana para decirnos a qué hora tenemos que entrar”, relata.
Cuando llegan los barcos o los camiones, especialmente en los períodos de campaña en Irlanda o Francia, comienza un proceso minucioso que requiere experiencia y atención constante. “Los marineros echan las cajas de pescado que suben en lingadas a la mesa”, describe Begoña. A partir de ese momento, el trabajo es continuo y físico: arrastrar las cajas, abrir, revisar y clasificar.
OFICIO. La clasificación del pescado es una de las tareas más delicadas y decisivas de todo el proceso. “Clasificamos el pescado por tamaño, especie y frescura”, explica. Cada caja debe contener piezas del mismo calibre. “Si es merluza, tiene que ir toda del mismo calibre”, puntualiza, consciente de que un pequeño error puede tener consecuencias económicas importantes.
En los barcos, el espacio es limitado. “Ellos no tienen mucho sitio y cuando hay mucho pescado llenan las cajas para meterlo en la nevera”, indica. Eso implica que, al llegar a la lonja, las estibadoras tienen que “visualizar esas cajas” y recomponerlas sobre la mesa. “Si en una caja no vale un pescado o dos, los sacas y los completas con otro de otra caja”, explica.
Todo este proceso se hace prácticamente “a ojo”, apoyándose en la experiencia acumulada a lo largo de los años. “Ya lo hacemos sin pensar, porque tenemos mucha práctica”, asegura. Además, hay que tener en cuenta el orden de las capturas. “Las primeras lingadas son del último lance, del último día que estuvieron pescando, y ese pescado viene fresquísimo”, explica. Por eso, “no se puede mezclar con el pescado del primer día”.
Una vez clasificado, el pescado llega a la báscula. Allí, otra compañera cuenta las piezas y se las comunica al pesador, que pesa y etiqueta antes de que comience la venta. “La hora de la venta depende del día, pero suele empezar sobre las seis y media de la mañana”, señala Begoña, aunque reconoce que “a veces aún estamos terminando cuando ya se puede empezar la subasta”.
EQUIPO. En la actualidad, la cooperativa O Cantiño está formada por cinco socias y tres empleadas. La organización del trabajo depende mucho de los horarios de los barcos. “Nunca empiezan todos a la misma hora”, explica Begoña. Por eso, suelen dividirse en grupos. “Por ejemplo, van cuatro mujeres para el primer barco en comenzar la descarga y otras cuatro para el segundo”.
A medida que llegan más barcos, las estibadoras se van redistribuyendo. “Vamos pasando una mujer de cada grupo al siguiente barco que empieza”, relata. No siempre hay personal suficiente, y en ocasiones el trabajo recae sobre una sola persona. “Hay veces que te toca estar sola en un barco y hacerlo todo”, admite.
Los lunes y los jueves suelen ser los días de mayor carga de trabajo. “Puede haber siete u ocho barcos entre barcos y camiones”, explica. El arrastrero de altura llega normalmente los lunes por la tarde, mientras que los camiones procedentes de Irlanda o de la Isla de Man llegan en ferry. “Traer el pescado desde Castletown en camión es más rentable que hacer toda la ruta por mar”, apunta.
DUREZA. El trabajo de las estibadoras es exigente a nivel físico. “Es muy duro”, afirma Begoña sin dudar. El esfuerzo repetitivo de arrastrar, levantar y bajar cajas pasa factura con el paso de los años. “No es una caja ni dos, son muchas, y siempre con el mismo movimiento”, explica.
En su caso, los hombros y los brazos son las zonas más castigadas. “Es lo que peor llevo”, reconoce. Además, el trabajo se realiza al aire libre, expuesto a la lluvia y al frío. “Trabajamos fuera, llueva o haga frío”, señala, recordando también las lesiones habituales. “Hay muchas tendinitis por el peso y por el esfuerzo”.
A esto se suma la disminución de la actividad pesquera. “Cada vez hay menos descargas y menos barcos”, explica, lo que no reduce necesariamente el esfuerzo, sino que obliga a concentrar más trabajo en menos jornadas. “Hay que ponerle ganas e ir con mucho cuidado para no lesionarse”, añade.
FUTURO. Uno de los principales retos de la cooperativa es el relevo generacional. “Hay muy poca gente joven que quiera entrar”, lamenta Begoña. Las condiciones del trabajo no resultan atractivas para las nuevas generaciones. “Es de noche, es duro, coges pesos y acabas tocada físicamente”, enumera.
En ese contexto, Begoña reivindica el reconocimiento legal de su trabajo. “Estaría bien que se nos diera el coeficiente reductor, igual que a las rederas y a otros trabajos del mar”, afirma. Ella recuerda que las estibadoras soportan jornadas nocturnas, esfuerzos físicos continuados y un elevado riesgo de lesiones, factores que, a su juicio, justifican una medida que permitiría adelantar la edad de jubilación. “Nuestro cuerpo se resiente mucho con el paso de los años”, explica, convencida de que este reconocimiento sería también una forma de dignificar un oficio tradicionalmente invisibilizado y mayoritariamente femenino.
La presidenta considera que los oficios del mar están en peligro. “Se están perdiendo totalmente”, afirma, no solo en el caso de las estibadoras, sino también a bordo de las embarcaciones. La falta de relevo amenaza la continuidad de un sector del que dependen muchas otras actividades. “Si la pesca falla, afecta a todo: pescaderías, tiendas, talleres, ropa marinera”, recuerda.
Begoña también reclama mayor implicación de las administraciones. “Debería haber más apoyo”, insiste, convencida de que visibilizar el trabajo de las estibadoras es un primer paso. “Hasta hace poco tiempo no se sabía ni que existíamos”, dice, aunque reconoce que iniciativas como el Día del Orgullo Marinero han ayudado a cambiar esa situación.
Sobre lo que le gustaría que supiese la vecindad, es clara: “Hacemos un trabajo muy importante”. Reivindica el carácter emprendedor de las mujeres de la cooperativa. “Somos mujeres trabajadoras, que logramos tener nuestra propia empresa y apostar por ella”, concluye, con una mezcla de orgullo y preocupación por el futuro de un oficio que sostiene, cada madrugada, el funcionamiento de la lonja de Burela.